Un menú intergeneracional: La sobremesa no tiene edad

 

Este es el artículo publicado en el Correo, en el Suplemento de la margen izquierda:

 

A la residencia baracaldesa de la Fundación Miranda los viernes le han salido unos comensales muy especiales. Desde este año un grupo de ocho alumnos de 4o de la ESO del colegio Gaztelueta de Getxo, que va rotando cada semana, visita el comedor para compartir mesa y charla con los internos de la tercera edad. Los escolares tienen 15 años, pero no dudan en entablar conversación sobre cualquier tema con los residentes, por más que les cuadrupliquen su edad.

 

La iniciativa se desarrolla a través de la entidad Ireki, Jóvenes por la Solidaridad, y lo cierto es que sus buenos resultados han sorprendido a los propios organizadores. «Fue el director de la Fundación, Rafael Carriegas que además tiene relación con el colegio, el que nos propuso esto de las comidas intergeneraaonales. Al principio temamos nuestras dudas, porque nunca habíamos llevado a cabo esta actividad, pero lo cierto es que ha funcionado muy bien. Los alumnos están muy contentos y las personas de la residencia parecen encantadas», admite el coordinador del voluntariado, Javier Jauquicoa.

 

El propio Carriegas celebra tanto el éxito que ya estudia cómo ampliar el programa para el próximo curso escolar. Lo harán llevando a los alumnos no ya sólo al comedor, como hasta ahora, sino también a los cuartos de los residentes que por su estado de salud no puedan salir de la cama. «El objetivo es que las personas que viven aquí tengan algo especial' un momento de felicidad que les permita romper esa línea de cotidianeidad que es su día a día», señala el director de la Fundación.

 

También él se ha sorprendido gratamente con el éxito del programa. «Se nota que los jóvenes están entregando algo de manera natural, algo que muchas veces no sabían ni que tenían, y que los mayores lo están recibiendo como un tesoro», explica. Los beneficios de estos encuentros los resalta el psicólogo del centro, Iván Llórente. «Lo que más aporta es enriquecimiento mutuo, pero el clima de la conversación favorece hasta que la ingesta sea más relajada y la digestión mejor», apunta.

 

Curiosamente, los protagonistas de este programa son los menos sorprendidos. Ellos viven estos encuentros con naturalidad. «Es una experiencia que llena mucho», afirma Gonzalo Bayo. Él ya ha participado en esta iniciativa en cinco ocasiones, y asegura que relacionarse.

 

con los residentes «es bastante fácil». «Siempre es un rato agradable», señala. Su compañero de clase, Javier Treviño, también se reconoce encantado con la experiencia. «En el colegio nos ofrecen varias actividades de voluntariado y es algo que nos llena mucho. Es bonito hablar con gente que tiene otra mentalidad para que te cuente sus experiencias», razona.

 

Aprender de la vida

 

Javier Mendia, otro de los implicados, también ha formado parte de otros programas solidarios en Gaztelueta. «Hace tiempo fuimos a visitar a los niños de la planta de oncología de Cruces. Pienso que aprendemos mucho de la vida con estas cosas», medita. Sobre su experiencia en la Fundación Miranda, advierte que hasta les viene bien para «desconectar» de las clases. «Suelo pasar tiempo con mis abuelos, pero esto es distinto porque no les conoces de nada», compara otro de los alumnos, Iñigo Regueira. A él compartir mesa con los usuarios de la residencia le ha valido para darse cuenta «de que hay gente que está más sola, y que a veces la compañía tiene mucho valor». Además, los viernes que le toca acudir también tienen su aliciente. «Me gusta más la comida de aquí», confiesa.

 

«Lo mejor es notar cómo cada vez que vienes les estás alegrando el día. Realmente te das cuenta de que les hace ilusión», disfruta uno de los escolares, Rubén San José. A él le han contado historias sorprendentes, algunas sobre la guerra. «A veces se repiten las historias», advierte otro de los voluntarios, Guillermo Gutiérrez, que ya ha escuchado «varias veces» hablar del hijo y el nieto, ambos abogados, de una residente. «Habla muchísimo y siempre cuenta cosas de su familia. Sé que me va a tocar escuchar otra vez esa historia, pero lo espero con ganas», añade sonriente antes de pasar al comedor.

 

Su compañero, Marcos Martínez, ha escuchado otras historias, como la de Irene, que huyó de la guerra y terminó dando clases en una universidad de Rusia. «Se nota que ha pasado por muchas cosas que nosotros sólo conocemos por los libros», subraya. BorjaTéllez, otro de los estudiantes, añade que para ellos la experiencia también supone salir de la rutina. «Al principio da un poco de cosa, pero al final aquí te lo pasas bien», simplifica.

 

Al otro lado de la mesa, los mayores reconocen estar satisfechos con el programa. «Les recibimos aquí lo mejor que podemos. Es agradable», admite Emilio Urecia. A su lado, Manuel Gómez Gómez pregunta a uno de los voluntarios por los estudios. «Ellos se adaptan bien a nosotros y nosotros a ellos», señala. En la mesa de Esperanza de la Torre, Crisanta de la Fuente y Floren Delgado, las mujeres resaltan lo «educado» y «majo» que es «el chaval» que les ha «tocado». «La experiencia es muy buena», asegura Jokin Sarria. «Hablamos de todo, cambias pareceres y te preguntan muchas cosas. Luego está el Athletic. La pregunta de si son del Athletic es obligada», explica. Josefa Andares, en su mesa, suele preguntarles por la zona de la que son, y Marcelina García, la tercera comensal, resalta la naturalidad de los jóvenes. «Son como unos más del grupo. Es como si les conociéramos de toda la vida», destaca.

 

Otras muestras de solidaridad

 

El programa de las comidas íntergeneracionales no es el único que desarrollan los voluntarios en la Fundación Miranda. En marzo los jóvenes de Ireki pusieron en marcha otro para ayudar a los mayores en sillas de ruedas o con problemas de movilidad y que desean a acudir a la misa que se ofrece en el centro. «Vienen los domingos a las once y les ayudan a bajar desde sus cuartos», resume el director, Rafael Carriegas.

 

El programa más veterano en el centro, en todo caso, es el que tienen en marcha con Nagusilan. Desde hace varios años medio centenar de voluntarios extemos pasan tiempo con los residentes para compartir un paseo por la zona o charlar durante un rato. «Acompañan a personas que tienen alzheimer, les animan a caminar un rato... y al final se generan unos vínculos importantes», admite Carriegas. Según explica, dentro de este programa hay personas que acuden por libre, al margen de cualquier ONG. Algunos son de edades parecidas a las personas que acompañan, pero gozan de buena salud. «Entre ellos se generan unos vínculos de fraternidad, de familia, que son muy bonitos», subraya.

 

 

 

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